Aviso: Spoilers indirectos

Alguien voló sobre el nido del cuco es una película maravillosa, pero eso ya lo sabéis todos. Podemos encontrar miles de críticas adulando la magistral interpretación de Nicholson, o la entretenida mezcla de humor y tragedia que se da. Pero eso no es lo que yo quiero. Lo que yo quiero es mostrar lo que yo vi al asomar la cabeza en el nido:

Randle llevaba pegada una gran sonrisa a la cara cuando llegó. Abrió las alas y comenzó su vuelo fugaz rodeado de bellas imágenes. Un gigante mudo, un bailarín eterno, un hombre hecho corazón con gafas, un ruiseñor de pelo rizado enamoradizo... La gente era tan peculiar como el lugar mismo, custodiado por una linda enfermera blanca sin apenas escote y con una falda demasiado larga. De esas personas creadas por el gusto de dar tirria, nada más.

Randle, al igual que la mayoría de cuerdos, era adorable. Sacó a los polluelos de aquel nido donde los punchs se utilizaban para entrenar bastones, donde la tele se veía apagada siendo mucho más entretenida, y las ventanas estaban hechas para reflejar el suelo. Una pareja de enamorados de pelo blanco disfrutaba de un cono de helado mientras sentados en sillas sobre la misma acera disfrutaban de la televisión a través de un escaparate. El autobús donde viajaban pasó justo al lado, dirección al mar. En el puerto tomaron un barco  y ganaron el título de doctores.  Lo celebraron pescando.

Randle tenía las alas lo suficientemente grandes como para abarcar medio océano, pero se las intentaron quitar. Ante esto su amigo el gigante mudo, que sólo era  mudo cuando quería, tomó las plumas de un cojín y se la regaló a Randle, haciéndole unas alas nuevas, mucho más grandes y potentes que las anteriores. El gigante sabía volar, pero no lo había hecho nunca. Probablemente tenía miedo. Al ver el bonito despegue de Randle se armó de valor y desplegó sus propias alas de águila  prendiendo un nuevo vuelo.

Todos allí tenían alas, de diferentes colores y formas, algunas sin desarrollar. Las agitaron en medio de aquella noche felices de ver al gran águila surcar los cielos muy por encima del nido. Un nido calentito y acogedor, pero más caliente es el frío de la noche envolviendo un cuerpo libre.

Ya no somos polluelos.